El último nivel del inframundo: Chiconahualóyan


Este supremo calvario al que se enfrenta el difunto no aparece en todos los textos. A veces no se menciona, a veces se confunde en el octavo nivel, y otras veces aparece en un lugar aparte. En el libro de Christian Aboytes, “El Popol Vuh Azteca”, es un nivel por derecho propio. Si pasa esta prueba, el difunto puede finalmente liberar su alma y alcanzar el descanso eterno.

Chiconahualóyan: El Noveno Lugar de los Muertos


El difunto, cuando llega a este brumoso valle atravesado por nueve ríos, piensa en ese momento casi haber llegado al final de sus males y al último nivel del Mictlan. Solo que este calvario es ligeramente diferente a los demás y cada río corresponde a un estado de conciencia que el difunto debe alcanzar para liberarse.

Apertura, desapego y lucha contra el ego


En el primer río, el difunto simplemente lucha por sobrevivir. Entonces debe comenzar a reflexionar sobre la existencia de la vida y cuánto es una batalla constante. Sólo cuando comienza a reconocer el esfuerzo de los demás y su coraje, especialmente el de los otros difuntos a su lado que han pasado por las mismas pruebas, pasa al segundo río.
En el segundo río, el difunto debe reflexionar sobre su condición, y su objetivo es lograr actuar sin pensar y desligarse por completo del razonamiento. En el tercer río, el difunto debe enfrentarse a su ego. El propósito de esta prueba es hacerle abrir los ojos al hecho de que: si nunca hubiera estado cegado por el hecho de dominar al otro, habría vivido una vida más próspera.
Claridad, visión de propósito y altruismo.

En el cuarto río, el difunto debe darse cuenta de que la gente estaba ahí para él, para ayudarlo y que a veces no les daba importancia. Debe aceptar sus relaciones y poner su mente en orden, para alcanzar el estado de claridad que le permita pasar al siguiente río. En el quinto río, habiendo entonces aclarado su mente, el difunto toma conciencia de lo que deseaba lograr en su vida; cuál era su propósito y visión. El desafío de esta prueba es sentir que una visión clara y relaciones sanas habrían traído mayor éxito.
El sexto estado es el del altruismo. Llegar a este estado supone una voluntad activa de ayudar a los demás en la realización de sus fines. El difunto debe reconocer que pedir ayuda o darla es una fortaleza.

Reconciliación con uno mismo, plenitud y unidad


En el séptimo estado, el difunto debe despertar en una etapa en la que acepte reconciliarse con su vida tal como era, cualesquiera que sean las dificultades y decepciones, sin experimentar resistencias, quejas o arrepentimientos. Una vez que ha superado esta prueba, y se ha desembarazado de todos los defectos inherentes al alma humana, accede al octavo río. El octavo río es el del estado de plenitud. En este momento la labor del difunto es conectar profundamente con lo que le rodea. Debe lograr conectar su persona con el mundo para lograr pasar a la siguiente etapa. En el noveno río, el difunto debe experimentar la unidad. Debe admitir que no hay separación entre adentro y afuera, entre él y los demás y que la existencia es un todo inseparable, que todo está interconectado.

Por este camino alcanza entonces el descanso eterno, sin posesiones materiales, demacrado, sin corazón, sin energía vital pero con un alma profundamente transformada y elevada tras todas estas pruebas. El difunto por fin ha terminado con el Mictlán. Ahora puede volar a uno de los trece cielos llamados, en náhuatl, Ilhuícatl Iohtlatoquiliz o, a veces, Ilhuicatl iohhui…